Así empieza la historia de Barnie: “Este es Barnie. Nadie le comprende, ni siquiera su dueño”.

Este es Barnie:

Y este es su dueño:

¿Cuál de los dos personajes nos gusta más? La respuesta es fácil: Barnie, nos gusta Barnie, ¡sin duda!
Pues no os quedéis en las apariencias. Barnie os va a gustar todavía más si llegáis al final de su historia. 
A partir de la primera página, nos solidarizamos con el pobre Barnie: cada vez que hace algo para sentirse contento, enfada a su dueño. Más de un niño -y no tan niño- se sentiría identificado con esta situación. Por eso engancha desde el principio. Pero la historia no se queda ahí, va más allá de la identificación emocional que se suele conseguir evocando a la compasión y a la ternura del lector.

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En la penúltima página pensamos que ya sabemos todo de Barnie. Es inocente, quiere pasárselo bien y no tiene maldad. Su mirada es limpia, su gesto divertido y su paciencia infinita. Y su dueño es un gruñón, probablemente esté amargado y la paga con el pobre Barnie. La única esperanza que nos queda es la de un cambio en el comportamiento de su dueño, o la aparición de otro personaje. Por favor -pensamos- ¿habrá algún niño o algún vecino por ahí, esperando en la próxima página, con mejor carácter que este señor?

Pues no. No hace falta. Resulta que Barnie nos tiene reservada una sorpresa final divertida:. Después de soportar todas las broncas de su dueño, de someterse a sus órdenes, Barnie nos demuestra su valentía y se escapa con una perrita a disfrutar de su libertad.

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Barnie es un álbum de Sonja Bougaeva (editado por Takatuka 2012) protagonizado por un perro entrañable, que lo único que quiere es pasárselo bien, pero su dueño no hace más que regañarle. A lo largo de sus páginas, Sonja presenta a Barnie como un personaje inocente, lo único que podemos hacer es compadecernos del pobre Barnie, que no quiere hacer mal a nadie. Las ilustraciones también nos ayudan a acompañar a Barnie, con colores cálidos, realizadas en acuarela y trazos de lápiz, en las que pequeños detalles consiguen grandes efectos. Como los ojos de Barnie, la postura de sus patas o los amplios escenarios de la doble página, que nos sumergen en el mundo de Barnie.

Pero la autora se reserva para el final una anécdota llena de humor que es a la vez un mensaje de valentía e inteligencia, de inconformismo. En una sola página, el lector pasa de la identificación a la admiración. Ya no nos sentimos como Barnie, ¡queremos ser como Barnie!

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