Mucho tiempo antes de que la combinación alfanumérica “3D” llegara con fuerza al sector audiovisual durante su etapa puramente digital, existieron otros intentos de incorporar una nueva dimensión sensorial a la experiencia estética contemplativa. Pero, exactamente, ¿por qué? ¿De dónde nació el interés por la experiencia tridimensional?
proyecto de Su Blackwell, extraído de la web Oh, cosas!
Las capacidades perceptivas del espectador se desafiaron seriamente durante la última etapa del siglo XIX: las ilusiones ópticas fascinaban a niños y pequeños, que acudían a teatros y escenarios a dejarse llevar por un mundo de sombras, de efectos que acercaban la sensación de realidad a historias dominadas por la fantasía. 
El movimiento y la tridimensionalidad eran recursos que convertían lo imaginable en algo más verosímil facilitando la inmersión de los espectadores en otros mundos. A través del teatro de sombras, de dioramas y otros juguetes se construían historias en las el efectismo técnico cobraba un gran valor. 

Diaromas extraídos de la web B5+10

Pero no sólo la semejanza a la realidad otorga ese manifiesto interés de los autores por el 3D: en el caso del libro, de aquellos objetos que narran historias bidimensionales fuera de una pantalla, la tercera dimensión incopora un nuevo sentido en la experiencia artística, el tacto.
 
Tirar de la lengueta, levantar la solapa, despertar a los personajes que descansan sobre las páginas o jugar con las transparencias son recursos que atrapan al lector y que transforman la experiencia lectora trasportándola en numerosas ocasiones al terreno del juego. Es el caso de algunos de los libros de Lauren Child, como éste, Who’s afraid of the big bad book?

O este álbum pop up de Jie Qi que incluye luces y sonido. En el vídeo podéis ver las páginas sueltas:


Seguiremos investigando sobre las posibilidades del 3D en el taller a principios de marzo con Xavier Salomó centrado en la creación de libros objeto. Si os interesa y queréis más información, podéis pinchar aquí